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El compromiso de cada día
En algún instante de nuestros días quizás no nos detengamos a pensar qué se está haciendo de nosotros; es cierto que el trabajo, las preocupaciones, tantas responsabilidades no suelen dejarnos lugar para la reflexión.
Pero precisamente es allí que, sin darnos cuenta, se comienza a dinamitar la base de un país: La cultura. Me atrevo a significar cultura como arte de las actitudes: La actitud frente a la pobreza, la actitud frente a las faltas de justicia, la actitud frente a las ofensas a la Patria ; todo obedece a una particular manera de “resolver” los conflictos: minimizarlos, derivarlos a otras personas y una que es distintiva, hacer parches, a una pelota que ya ni hilos tiene ni le da más el cuero.
Me animo a decir que el constante deterioro de nuestra cultura es el origen de todo aquello que padecemos. Y la mejor manera para terminar de extinguirla es ignorarla. El ala constructora de la sociedad es la educación, bien impartida y a todos por igual. Donde se aprende a construir, a sembrar, a comunicar, a leer un libro, a ser solidario. Divulgar estas enseñanzas, también fuera del ámbito escolar.
Sobretodo porque me parece oír a los niños de hoy, preguntándose un mañana qué fue lo que hicimos ayer.
¿Tan difícil resultaba revalorizar los valores? ¿Tan difícil era demostrarle al rating de la vida que el país pensaba y se comprometía? Más fácil que explicar en un país rico, gente que no comía; más fácil que dejarse llevar por vulgares inculques, que mientras sonsacaban una risa insípida estancaban el futuro. Sé que nadie es dueño de la verdad, pero la pena buscarla. En lo que hagamos, tratemos de asumir ese compromiso de cada día, pensando que será el ejemplo para otros, como cuando alguien sonríe e induce al prójimo a sonreir también.
No nos dejemos llevar por prejuicios y generalidades que pretenden encasillarnos, introducirnos en una dudosa clasificación o estadística, y tampoco nos sumerjamos en la resignación a pesar de cualquier realidad adversa.
Con nuestros valores y calidad de personas sabremos reflotar la verdadera idiosincracia, la auténtica cultura tan relegada.
Escribamos páginas dignas de ser leídas, comencemos a levantar la cultura desde la raíz, para que el árbol se haga más fuerte y las ramitas se sientan orgullosas de ser argentinas y de estar en paz.
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